11 de febrero de 2019
Montaña rusa
“Solo este sábado, compra dos entradas y paga una. ¿Vas a perder la oportunidad de divertirte en compañía por la mitad de precio?”. Así rezaba el panfleto que se encontró Amy con la oferta sobre el parque de atracciones que se hallaba en su ciudad. Hacía muchos años que no iba, de modo que no se pensó dos veces si debía aprovechar el descuento, como, de la misma manera, tampoco tardó en ocurrírsele con quién ir.
Antes de volver a su casa, pasó por la de Tammy, la vecina de al lado. Aunque más que una simple vecina, realmente era su amiga. Además, por casualidades de la vida, habían nacido exactamente el mismo día, lo que hizo que estuvieran muy unidas desde que tenían uso de razón.
Tammy tardó unos instantes en abrir puesto que no esperaba a nadie. Al tiempo que abría la puerta, y antes de que pudiera mediar palabra, Amy, visiblemente emocionada, le enseñó el panfleto. A Tammy le costó reaccionar ya que su amiga tendía a trabarse cuando hablaba muy rápido, como en este caso, y el hecho de que le hubiera presentado el papel a escasos centímetros de la cara no ayudaba precisamente a distinguir de qué se trataba. En esas ocasiones solo cabía esperar a que Amy se calmara, y así lo hizo mientras se dedicaba a mirarla con intriga y cierta impaciencia. En cuanto la verborrea hubo acabado, llegó su oportunidad de preguntar, ahora sí, qué le había llevado a hacerle una visita a esas horas y a santo de qué venía tanta expectación.
Cuando conoció toda la información, Tammy se mostró reticente a acompañarla a pesar de que sabía que no podría resistirse para siempre, pues Amy era de lo más insistente a la hora de organizar planes. No obstante, una parte de ella echaba de menos pasar tiempo con su vecina favorita y se acabó convenciendo de que todo desembocaría en una tarde entretenida. Tras decidir la hora de la cita, cada una se adentró en su casa y volvió a su rutina hasta que llegara el tan ansiado día.
Parecía que la semana no iba a acabar nunca, pero el sábado llegó antes de lo que ambas esperaban. Como era lógico, habían acordado que el punto de encuentro fuera su vecindario y, además, que Amy pasaría a recoger a Tammy. Los nervios de esta última la traicionaron, haciendo que tardara más de la cuenta en prepararse. No obstante, esto no supuso, a priori, ningún contratiempo, ya que Amy estaba acostumbrada a llegar la primera a los encuentros y planeaba los horarios pensando en su más que probable antelación.
Durante el camino, Tammy se disculpó por la tardanza en diversas ocasiones, pero su amiga hizo oídos sordos, pues no valía la pena que le diera más vueltas de las necesarias a un asunto que no había perjudicado a nadie. Antes de alcanzar su meta, las dos vecinas hablaron, entre otras cosas, sobre cuántas veces habían dejado entrever sus ganas de ir juntas al parque de atracciones y de las innumerables y divertidas experiencias que habían vivido las dos a lo largo de los años que se conocían. Entre las incontables risas, también hubo lugar para algunos momentos de silencio, que lejos de resultar algo incómodo, les sirvió para darse cuenta de lo afortunadas que eran por poder contar con una persona con quien era tan fácil entenderse.
Pero tan pronto como llegaron a su destino, el cielo empezó a encapotarse. Tammy empezó a sentir cierta inquietud cuyo origen desconocía y algo en su interior le decía que había sido mala idea acudir allí, que todo eran señales de mal augurio. Y para colmo de males, el parque estaba abarrotado, hasta tal punto que había colas interminables para subir a todas las atracciones. Todas excepto una: la montaña rusa. A Amy le resultó extraño que solo aquella parada, uno de los elementos principales y más característicos, estuviera tan falta de público, pero hizo caso omiso a tan extraña situación, de la misma manera que había hecho con toda la sucesión de eventos ocurridos desde que pusieron un pie allí. En aquel momento solo pensaba en divertirse con su vecina y pasarlo en grande. Aunque pronto acabaría dándose cuenta de que no todo iba como esperaba.
Cuando se giró para preguntarle a Tammy si le parecía bien invertir la estancia subiendo y bajando por aquellos raíles mientras levantaban los brazos y chillaban para descargar tensiones, se dio cuenta de que su amiga parecía desolada. Sin saber muy bien cómo reaccionar, le preguntó qué era lo que pasaba. La respuesta la sorprendió tantísimo que tardó unos segundos en reaccionar. Tammy creía que por su culpa, por haber tardado más de la cuenta en arreglarse y salir, las atracciones se habían llenado de gente antes de su llegada y ahora ya no podrían llevar a cabo todos los planes de tenían en mente. Se había bloqueado y solo quería volver a casa, pero, por suerte, su amiga la acabó convenciendo para que se quedara. Amy sabía que no podía ofrecerle gran cosa, pero al menos intentaría aprovechar el tiempo y la compañía de su vecina favorita.
La suerte de no tener que hacer cola en la montaña rusa posibilitó que ambas amigas pudieran subirse cuantas veces quisieran, lo que provocó que, poco a poco, Tammy se sintiera cada vez más a gusto. Para cuando anocheció, ya habían perdido la cuenta de las veces que habían montado en esa parada, y las dos estaban mucho más relajadas después de haber pasado la tarde entera divirtiéndose como dos enanas.
De camino a casa, Amy se veía en la obligación de preguntarle a Tammy cómo lo había acabado pasando. Esta tardó unos segundos en responder debido a que empezó a darle vueltas al hecho de que, a pesar de no haber salido todo tal y como habían organizado, el encuentro se había desarrollado de forma natural y no había echado de menos montar en el resto de atracciones, ni estar rodeada de más gente, ni nada por el estilo. Simplemente se dio cuenta de que había empezado a divertirse en el momento en que se olvidó de aquello que le preocupaba. Por eso, pensó en cómo podía agradecerle a su amiga que hubiera pensado en ella cuando vio el panfleto y que hubiera insistido, hacía escasas horas, en que se quedara para poder seguir disfrutando de aquel plan juntas. Sin explayarse demasiado, y teniendo constancia de que Amy iba a entender su respuesta, contestó: “La verdad, ha quedado una buena tarde. ¿Pero qué te parece si a la próxima invito yo?”.
18 de enero de 2019
Apocalipsis
Hacía semanas que el sol no se dejaba entrever. Una ligera pero constante lluvia de ceniza se había apropiado de la ciudad unos días atrás, los suficientes como para que la gente caminara ya sin demasiada preocupación por sus calles. Al menos así sucedería de no ser por una amenaza aún mayor: la humanidad. O mejor dicho, la falta de ella.
En tiempos de necesidad, más que la ley del más fuerte, predomina la protección entre los miembros de una misma familia. Es lo que tienen las grandes ciudades, que, donde la inmensa mayoría de sus habitantes son desconocidos entre sí, lo mejor es barrer para casa. Y ese era el verdadero propósito de Micah, salvaguardar a su familia por encima de todas las cosas.
En contra de todo pronóstico, este objetivo había llegado a ser cada vez relativamente más sencillo a causa de que la ciudad había visto mermada una parte considerable de su población. Durante los primeros días de oscuridad, la gente permaneció en constante alerta, ojo avizor a aquello que pudiera entenderse como una mejora o, como realmente desembocó, en un empeoramiento de la situación. Como consecuencia, y debido principalmente al inicio de esa extraña y fúnebre lluvia, muchas personas huyeron buscando un lugar donde reencontrarse con la luz natural, y otras tantas no pudieron soportar el peso de la incertidumbre y usaron cualquier cosa que tuvieran a su alcance para acabar rápidamente, y de la forma más indolora posible, con su vida. Alguien había decidido rendir homenaje en estos últimos casos y hacer sonar las campanas de uno de los campanarios de la ciudad, hecho que acabó resultando una tortura para quienes todavía seguían en pie.
Uno de los tantos redobles de campanas distanció a Micah de sus pensamientos, unos pensamientos que se habían anclado en la muerte de su hijo pequeño, de apenas unas semanas, hacía exactamente 106 horas. Nathan había tenido la “fortuna” de nacer el día en que se inició la oscuridad. A pesar de ser una situación repentina, sus padres habían preparado provisiones en casa debido al nacimiento de su segundo hijo, hecho que les ayudó a evitar la inicial locura colectiva por los alimentos. Sin embargo, durante las primeras horas de la lluvia de ceniza, la salud de Nathan empezó a decaer. Sus jovencísimos pulmones no estaban preparados para soportar algo así, y esa misma mañana falleció.
Micah siguió de camino a casa y cuando llegó, vio que la puerta estaba entreabierta. Llegaba de investigar en solitario la condición del vecindario y de intentar recabar información sobre el avance de ese clima tan adverso. Jamás habría imaginado que su refugio no fuera seguro para su familia, así que tardó unos segundos en reaccionar. Cuando por fin sus piernas le respondieron, entró en el piso y halló a su pareja y a su primogénito desangrados en uno de los dormitorios. Fugazmente, le pasó por la cabeza un posible escenario sobre cómo se había llevado a cabo la matanza, pero muy pronto aquel abrasamiento en su interior floreció en unas ansias inevitables por encontrar al culpable.
Se puso en marcha. Sin saber en qué dirección correr, como si se guiara por el impulso de un motor, buscó por el bloque como un sabueso.
Subió las escaleras. Solo cabía ir hacia arriba, pues si hubiera huido por el portal se lo habría encontrado de frente al entrar.
Observó el entorno. Entre tanta mugre, debería haber un indicio del camino a seguir.
Agudizó el oído. No podía haber ido muy lejos.
Paró unos instantes. Estaba cerca.
Y lo vio. En el terrado. Sentado. Admirando la puesta de sol. Con un juguete en la mano. El juguete favorito de su hijo.
La venganza empujaba a Micah a actuar, pero la poca parte racional que le quedaba señalaba que era mejor irse. Y así lo hizo. Lo que realmente no sabía es que su objetivo no era evitar males mayores, ahora poco importaba lo que le sucediera. Se había dado cuenta de que no tenía ninguna arma con la que enfrentarse a aquel despojo de persona, de modo que bajó de nuevo las escaleras en busca de algo que le permitiera ser eficaz. Halló unos cristales rotos en el suelo, lo suficientemente grandes como para valerse de alguno de ellos, y se dispuso a cazar. No le importaba que sus manos fueran a sufrir efectos colaterales, ya no; su objetivo primordial era vengarse.
Volvió a subir rápidamente hasta el terrado y allí permanecía aquel ser, despreocupado por todo lo que sucediera a su alrededor. Para cuando se dio cuenta, Micah se había abalanzado sobre él y el cristal rozaba ya su cuello. Micah tuvo, durante un segundo, pensamientos contradictorios sobre si valía la pena transformarse en aquello que estaba a punto de matar. Mas aquella sería la última vez en que tuvieran lugar ese tipo de disonancias. Sin mediar palabra, ahondó el cristal en la garganta de aquel tipo hasta el punto de no saber dónde acababa la sangre de sus manos y empezaba la de su víctima. Una vez hubo acabado aquel espectáculo de color rojo, la escena cautivó tanto a Micah que algo se activó en sus adentros. Sin familia. Sin pretensiones. Sin seguridad. Nada le empujaba a seguir respirando. Pero la satisfacción del momento conllevó una metamorfosis. Matar fue gratificante. Y quería volverlo a hacer de nuevo.
En aquel preciso instante, Micah murió, y de sus cenizas resurgió un fénix sediento de sangre. A partir de ahora, segar vidas sería su misión.
15 de enero de 2019
¡Inauguración!
¡Sed bienvenidos y bienvenidas a mi último, y esperemos que definitivo, blog!
Aquí encontraréis diversos escritos sobre la vida en general y sobre cualquier cosa que se me vaya ocurriendo. La idea principal es que sean independientes y rápidos de leer, ¡espero conseguirlo! Sentíos libres también de proponerme temas sobre los que escribir.
Y como lo bueno, si breve, dos veces bueno… Gracias por entrar, ¡espero veros pronto por Seven Lives Lived!
Suscribirse a:
Entradas (Atom)